septiembre 24, 2012

América.

Y de pronto, me vi sentada en el suelo del tren, y sujetándome la cabeza, corrían lágrimas por mis mejillas delgadas y huesudas. Estaba sola en el carro, traía una mochila negra, con algunos destilados y otras drogas. No recuerdo dónde iba, sólo se que me incorporé y me bajé a la siguiente estación. No me preocupé de ver el nombre, ni preguntarle a nadie dónde estaba o dónde encontraría una casa para pasar la noche. Desperté hoy por la mañana, tapada en diarios y con un perro guacho haciéndole compañía a mi ya abultado vientre; de pronto me encogí de dolor y el perro se apartó, vi una masa asomarse en mi abdomen y sonreí. Descubrí que hacía días que no tomaba una ducha ni me cepillaba los dientes. Miré a mi al rededor y percibí a un niño, con la cara manchada de barro y sudor, mirarme con ternura, quise preguntarle por su madre, pero pronto me vi entrando en una posada y pidiendo una pieza que no podría pagar. Habían pasado ya 3 meses viviendo entre la calle y posadas sin pagar. Mi vientre me pesaba más que nunca, los dolores se hacían insoportables a veces, empero sonreía. Caminaba tranquila por la plaza Yungay, algunos días salía a tomar el sol primaveral en la plazoleta de Londres, o me empapaba de dolor y angustia en la casona de la DINA. Olía desde alguna ventana de alguna casa deshabitada, los ciruelos en flor, me bañaba en el sol amarillo y me cubría con el rosa pálido de las flores. Jugué con perros vagos, tuve algunos gatos, sin embargo, jamás una casa o un amor. Un día, me encontró el alumbramiento en la Yungay, traté de caminar hacia el San Juan, pero sólo llegué hasta la otra esquina. Se me acercó una vieja callejera -como yo- y me ayudó a parir. Nació niña, pero qué más da si luego quiere ser hombre o quiere ser nada. La llamé América, y qué va si luego quiere llamarse Viento, Flor, Espada o Bomba; la llamaré como ella quiera, será libre y colgará de hojas traídas por las brisas matutinas de las plazoletas de los barrios antiguos donde vivimos.

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