Ella, olvidándose de lo que habíamos dicho, se levantó, y así en cueros, me hizo desayuno. Luego se vistió, tomó la ropa que había guardado en mi closet y se fue, se excusó con que era así y que tenía que irse, que las cosas serían siempre así; me asusté y corrí tras ella hasta el ascensor, en la puerta me besó, dijo "Lo siento" y bajó. Luego, claro, pude consolarme con otras plebeyas, pero ninguna la igualaba.
Mientras camino y miro a la gente, toda siempre apurada, pensando en sus realidades perras, en sus vidas callejeras y... bueno, algunas piensan en la terrible hambre que tienen, algunos hombres en sexo o sólo en trabajo, las mujeres viejas piensan en cómo ayudar a sus hijas perras o a sus hijos extraños, los vagabundos, en que así son felices o en cómo salir adelante; los pacos, en tetas y culos... los perros... qué va, son perros. Me detengo a mirar al mundo a mi alrededor y la vi. Preciosa como siempre, llevaba una polera corta, que enseñaba su grosera cintura, un pantalón bajo y ancho, que dejaba ver sus huesudas caderas... su cabello caía lacio y sin vida, ella caminaba como perdida en el mundo, mirando a la gente así como yo.
Sin pensarlo dos veces grité "¡Somos reyes, preciosa, somos reyes!". Ella se volvió hacia mí, me besó, dijo "Lo siento" y... sí, desperté.