septiembre 12, 2012

Sonata de desconocidos.

Yo los miraba, estaban sentados en la catedral cuchicheando, miraban hacia atrás y yo fingía leer un folleto que me habían repartido afuera. Daban la sensación de que algo escondían, de un momento a otro, la chica, alta y esbelta, toma su morral y echa a correr por la iglesia en dirección a la calle; el chico a su lado sonreía miserablemente, ebrio de una oscura alegría. Sin importarme mucho mis pertenencias, salí tras la chica, al no verla, pensé devolverme e ir a casa, pero algo lo impidió. Eché a correr en cualquier dirección y la encontré tendida en el suelo, jugueteando con una paloma. Un poco más allá, un chico tocaba en su teclado una sonata hermosa mientras ella parecía mover los dedos al compás de la música, ebria también, pero no de alegría, si no de una melancolía tan espantosa que me hizo llorar. Me estiré a mis anchas a su lado, ella me miró desconcertada, pero al ver mis lágrimas, se sonrío y se apegó a mi. Yo no supe si abrazarla, correr, o hacerle el amor allí mismo. La gente nos miraba extrañada. Los dedos del pianista cesaron de a poco, la melancolía de la chica se hizo más y más profunda arrastrándome con ella, yo no me resistí y pronto me vi sumido en una tristeza tan grande como el deseo que sentía por ella. Se incorporó rápidamente y me dirigió una mirada perdida, yo hice lo mismo, traté de tomar su la mano, sin embargo ella se estrelló de nuevo contra el piso frío de la plaza. Me agaché a tomar sus brazos para llevarla en andas hacia mi casa, su cabeza cayó hacia atrás y temí que hubiera muerto, crucé su débil cuerpo sobre mis hombros y entre miradas escabrosas, tomé el camino de mi casa. Al llegar, la melancolía seguía invadiéndome, pero atiné a tomar su pulso: era rápido, aunque ella siguiera sin abrir los ojos y como durmiendo. Mi respiración se relajó y me tumbé a su lado en la cama; ella pareció sentirme y me abrazó, me acarició la cara, luego el pecho y se detuvo en mi ombligo, abrió los ojos y una lágrima negra, a causa del maquillaje, rodó por su huesuda y delgada mejilla; llevaba el cabello alborotado y recién pude advertir la hermosura de su rostro y la complejidad de su cuerpo. Pensé que con eso le había bastado para recomponerse e ir a su casa, pero me equivoqué y se encargó de hacérmelo notar mientras me besaba apasionadamente y comenzaba a desnudarse, entregándose por completo a mi. Entre besos, caricias y respiraciones agitadas, volvió a tumbarse a mi lado, esta vez me miraba fijamente, cruzamos palabras por primera vez. Le ofrecí un cigarrillo, lo aceptó y fumó lentamente, deseando con pasión cada bocanada, amando ese tabaco, el papel y el filtro, queriendo preservar ese momento para siempre, queriendo ser mía para siempre.

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